Las inversiones de capital de riesgo casi siempre atraen a inversores con la promesa de rendimientos asimétricos: una empresa fuerte puede cubrir acuerdos débiles y dar a la cartera un crecimiento significativo. Pero precisamente debido a esta asimetría, el capital de riesgo no puede percibirse como “simplemente una alternativa más rentable a los instrumentos clásicos”. Se trata de una clase de riesgo separada, en la que la probabilidad de error es mayor, el horizonte es más largo y la liquidez es notablemente menor que en el mercado público.
El primer riesgo es el riesgo empresarial de la propia empresa. En las etapas inicial y media, una startup puede no lograr que su producto se ajuste al mercado, no lograr construir una economía unitaria sustentable, no lograr atraer a la siguiente ronda o perder competencia frente a un jugador más fuerte. Incluso un equipo de calidad y un mercado fuerte no garantizan resultados. Por tanto, en un emprendimiento, un inversor compra no sólo indicadores actuales, sino también una hipótesis sobre el crecimiento futuro, y esto siempre implica una mayor incertidumbre.
El segundo bloque importante es el riesgo de liquidez. A diferencia de las acciones públicas, una participación en una empresa privada no se puede vender en ningún momento al precio de mercado. La salida a menudo depende de la siguiente ronda, el mercado secundario, la compra de acciones, las fusiones y adquisiciones o la IPO. Si la ventana de liquidez cambia, el capital puede permanecer congelado más tiempo del esperado por el inversor. Por eso en una transacción de riesgo es necesario comprender de antemano no sólo la tesis de entrada, sino también los posibles escenarios de salida.
El tercer riesgo es estructural. En el mercado privado, es fundamental a través de qué instrumento el inversor realiza la transacción: directamente en acciones, a través de un SPV, a través de una nota estructurada o mediante un diseño de plataforma. Esto afecta los derechos del inversor, el procedimiento de distribución de fondos, la protección jurídica, las consecuencias fiscales y el acceso a la información. Una empresa igualmente interesante puede significar un perfil de riesgo completamente diferente según la estructura de la operación.
También existe riesgo de mercado. Incluso las empresas privadas fuertes son sensibles al ciclo: cuando el costo del capital aumenta, el mercado público se corrige y los inversores se vuelven más cautelosos, las valoraciones del mercado privado también se reducen. Esto afecta los múltiplos, el momento de la próxima ronda y el interés de los compradores en el mercado secundario. Por lo tanto, es importante evaluar una inversión de riesgo no sólo “por la historia de la empresa”, sino también por el momento de mercado en el que ingresa el inversor.
La conclusión práctica para el inversor privado es simple: las operaciones de riesgo pueden ser una parte importante de una cartera, pero sólo si se las considera una clase de activos selectiva, de largo plazo y de alto riesgo. Antes de entrar, es necesario comprobar la lógica empresarial, la estructura de la operación, los derechos de los inversores, la valoración realista y el escenario de liquidez. Entonces el proyecto deja de ser una apuesta abstracta y exagerada y se convierte en una decisión consciente dentro de la estrategia de cartera.